Hoy no hay vídeo, no hay bosques, no hay topónimos. Pero El Eco de la Sierra mantiene la curiosidad y la Sierra de Guadarrama como telón de fondo de su trabajo.

Cuesta imaginar una Segovia sin las montañas a lo lejos. Aunque realmente, no están tan lejos. Segovia está a escasos kilómetros del piedemonte septentrional y su cercanía a las montañas ha configurado inevitablemente su evolución histórica, económica y social. La relación entre ciudad y sierra también está reflejada entre las numerosas leyendas que conectan precisamente estos dos tipos de paisajes, la vida de antaño en la villa con la mística, el silencio y el misterio de los bosques.

Déjame decirte que las huellas del maligno son numerosas y la provincia. Famosa es la leyenda de la construcción de nuestro preciado Acueducto. De vez en cuando paso bajo sus arcos y miro asombrada hacia lo alto del monumento. No me extraña que la tradición oral lo haya convertido en una obra del Diablo, tal esplendor granítico únicamente podía ser atribuido a fuerzas sobrenaturales. El Acueducto es de alguna forma, el abuelo de todos los segovianos. Sus 20 siglos de historia lo han convertido en el gran guardián de la ciudad y de los territorios que la circundan.

Pero aquí no venimos a hablar del Acueducto. Un día más, hoy hay ganas de leyenda. Como bien decía, son numerosas las conexiones entre la ciudad y el temido Satanás. Hubo otro monumento en Segovia que la tradición oral ha atribuido a un pacto diabólico. Aunque, en este caso, la historia nos obliga a levantar la mirada mucho más allá de las piedras de la ciudad.

La Leyenda del Carro del Diablo

Al otro lado del Puerto del Reventón, en la vertiente que mira hacia el valle del Lozoya, existe una formación granítica conocida como el Carro del Diablo. Allí, entre el pinar, varias rocas parecen haberse quedado detenidas en mitad del camino. Y precisamente eso es lo que cuenta la leyenda: que un carro de piedra quedó allí detenido para siempre.

La historia nos lleva hasta finales del siglo XV y hasta Juan Guas, uno de los grandes maestros de la arquitectura de su tiempo. Guas trabajó durante dos décadas en Segovia y participó en las obras de la antigua catedral (porque, sí. Segovia ha tenido más de una catedral), especialmente en la construcción de su claustro. Pero la tradición quiso añadir algo más a su historia…

Cuenta que las obras avanzaban con dificultad y que el arquitecto, apremiado por el tiempo, llegó a un acuerdo con el Diablo. El trato era sencillo y terrible: el maligno ayudaría a acelerar el transporte de las piedras necesarias para la construcción y, a cambio, Guas pondría su alma. Y entonces comenzaron a cruzar la Sierra los carros cargados de piedra.

Desde las canteras de Colmenar Viejo, el granito debía atravesar el Puerto del Reventón (un paso de montaña entre el Valle del Lozoya y La Granja de San Ildefonso) camino de Segovia. Un recorrido que hoy podemos imaginar entre carreteras, pistas y senderos, pero que entonces suponía atravesar la montaña con carros y animales. La leyenda cuenta que, gracias al pacto, aquellos cargamentos comenzaron a llegar con una rapidez extraordinaria. Carro tras carro. Piedra tras piedra.

La catedral avanzaba. Y con ella, también crecía la preocupación de quien había entregado demasiado a cambio de conseguirlo.

Cuando ya quedaba poco para completar los trabajos, Juan Guas habría decidido romper el pacto. La obra estaba prácticamente terminada y el arquitecto creyó que podía librarse de su compromiso con el maligno. Pero con el Diablo, dice la leyenda, no hay trato que se rompa sin consecuencias.

Satanás habría desviado entonces el último carro que transportaba la piedra hacia Segovia. En lugar de continuar su camino por la montaña, quedó detenido en la ladera del Reventón. Petrificado. Ese conjunto de rocas es el que la tradición identifica con el Carro del Diablo. La formación se encuentra en el término de Rascafría y es descrita en estudios de folklore como un conjunto de piedras caballeras situado en las proximidades del Puerto del Reventón.

Y aquí aparece una de esas coincidencias que hacen que las leyendas tengan una vida especialmente larga. La antigua catedral de Segovia tenía una torre más baja que la otra. La tradición encontró en esa diferencia la explicación perfecta: aquella última carga de piedra nunca llegó a la ciudad porque el Diablo decidió quedarse con ella en la montaña.

La historia real, por supuesto, es bastante menos sobrenatural.

Juan Guas sí trabajó en la antigua catedral. La documentación conservada permite seguir su actividad en Segovia entre 1471 y 1491 y acredita, entre otras actuaciones, la construcción del claustro y otros espacios del templo.

Quizá ahí esté precisamente la gracia de las leyendas. Durante siglos las personas han mirado las montañas y han intentado explicar aquello que no comprendían. Una roca con una forma particular dejaba de ser simplemente una roca. Una diferencia en la altura de una torre necesitaba una explicación. Un camino difícil, una noche cerrada o un paisaje silencioso podían convertirse en el escenario perfecto para que apareciera lo sobrenatural.

Me gusta pensar que el Carro del Diablo es también eso, una historia que decidió no quedarse en Segovia. La piedra que debía llegar a la ciudad se quedó en la Sierra, concretamente en lo que hoy es la vertiente madrileña. Y, de alguna manera, también quedó allí la memoria de quienes atravesaron durante siglos estos pasos de montaña para conectar ambas vertientes.

Hoy podemos subir hasta aquel lugar y ver simplemente un conjunto de rocas entre los árboles. Pero, si cierras lo ojos tal vez puedas escuchar un carro avanzando por la montaña, las ruedas hundiéndose por el camino, los suspiros de quien decidió jugarse demasiado y, detrás de él, esperando en silencio, alguien que no estaba dispuesto a olvidar un pacto.

Quizá las montañas no estén tan lejos de Segovia. Quizá el Diablo tampoco.

El Carro del Diablo: la piedra de la Catedral de Segovia que aguarda en la montaña

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